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Desde la carretera 14, el rosa chillón luce como un llamado a la atención. Y bien que la llama.

Al fondo de un patio extenso y convenientemente alejado del tráfico que entra y sale de Aibonito, la llamada Quinta Rosada –“la casa rosa”, para los aiboniteños– lleva casi un siglo cultivando curiosidades y elucubraciones.

Pero, esta vez, el portón que la separa del pueblo acostumbrado a mirarla de lejos está abierto.

“Tenemos vitrales templados”, dice la guía y los ojos de los visitantes se mueven al unísono, siguiendo el dedo que, aquí no acusa, sino que señala, y que dirige la mirada hasta un punto entre la puerta de entrada y el techo.

Y mientras la muchacha, voluntaria de la Universidad del Turabo (UT), los dirige hasta el centro de la sala y les habla sobre “el uso del contrapunto”, desde la cocina, bajo un aria que interpreta Bocelli, resuenan las copas de champán. Los turistas admiran el privilegio del que pocas veces son testigo; los invitados de los dueños, rosé en mano, se acomodan en la mesa del balcón.

“Yo tengo 50 años, y nunca había entrado a la casa rosa”, diría luego Eduardo, un aiboniteño que se conoce su pueblo de rabo a cabo, en un reconocimiento que hizo eco de los comentarios de decenas de visitantes que, a lo largo del día, al poner sus pies sobre la losa criolla de la casa que se le atribuye al arquitecto Antonín Nechodoma, dijeron que cumplían un viejo sueño. El de mirar, pero no tocar; el de quien, con una asomadita de la nariz, percibe el olor del pan recién horneado, pero no llega a probarlo.

La casa rosa fue una de decenas de estructuras privadas, la mayoría de ellas residencias particulares, que estuvieron abiertas al público durante unas horas en un domingo reciente. La propuesta del equipo de la escuela de diseño de la UT, como parte de la iniciativa internacional Open City, pretende acercar a los puertorriqueños a su legado arquitectónico.

En este recorrido, los curiosos se pasearon de un extremo a otro de la carretera 14, que por momentos se convierte en la calle San José, y que teje, con las casas y casonas que se extienden a ambos lados de la calle, un entramado urbano entre las montañas de este pueblo rural.

Las casonas cuentan la historia de los veraneos caribeños de principios del siglo 20, esos en los que, en lugar de ir a la playa, los ricos del sur de la isla emigraban temporalmente a la cordillera para huir de los calores.

Las casas, los relatos de familias del Aibonito más acomodado y de herencias. Herencias por todos lados.

En una colina que antes fue pantano, Mariíta Martínez cuida y vive la casa que mandó a construir su padre y que, desde 1962, imprimió un acento moderno a un tramo antes dominado por las mansiones de la familia Serrallés.

“Esta seguía siendo la casa de mi mamá y mi papá”, dijo Martínez sobre el momento en que llegó a Aibonito para quedarse, hace seis años, tras la muerte de su madre.

Ese día, recibió, juntocon la emblemática fachada de la casa, una cocina hecha a la medida, un pasillo hermoso con armarios empotrados, un patio sembrado de rabo a cabo y, también, un inquilino.

El modernismo de la casa resuena hasta en la más puntiaguda de sus esquinas, y eso fue lo que atrajo hasta allí a los visitantes que escuchaban atentos las intervenciones del guía, un profesor de arquitectura que parecía disfrutar del privilegio tanto o más que los mismos turistas.

El grupo entró a la residencia admirando las luminarias que traspasan la luz del balcón a la sala, pero terminó el recorrido mirando al suelo.

No se trataba de una colectiva obsesión por el terrazo impecable que recubre la casa, sino, más bien, de un gesto de supervivencia.

La advertencia surgió nada más abrir la puerta de la terraza. Aquel perrito diminuto y con cara de bonachón se tomaba muy en serio su labor de guardián, y quien tuviera zapatos grandes corría el riesgo de terminar con el mordisco de un sato en su bitácora de este viaje arquitectónico.

Cairo, que así se llama el perrito sanjuanero refugiado en Aibonito, llegó a esta casa desde la capital tras la muerte de su dueña, una íntima amiga de Martínez. Y, hace seis años, volvió a convertirse en herencia y a revalidar su vocación de acompañante y guardián de quien más lo necesita.

Todavía embelesados por las bisagras de piano que sujetan las puertas de los gabinetes de la cocina, los visitantes escuchaban al guía hablar sobre Alvar Aalto y de “máquinas para vivir”, de “quiebrasoles”, “clerestorios” y de cómo la sala es una terraza natimuerta, mientras Cairo, paciente, esperaba al primer despistado para cobrarle el paseo con un pedazo de su zapato.


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